lunes, 23 de noviembre de 2009

José Antonio, ni de derechas ni de izquierdas, español hasta la muerte

MD 23 Noviembre, 2009
PEDRO CONDE
Quizá tuviera que atemperar mi pasión para hablar de este personaje. No puedo. Yo lo descubrí leyendo en mi casa aquellas primeras Obras Completas, que no lo eran tanto. Hoy sé mucho más de la magnitud de José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia en cuya alma penetré a través de sus elegantes y ajustadas palabras.
Era casi un niño, quince o dieciséis años, cuando inicié la lectura de los discursos, parlamentos y artículos de este hombre del que se decía haber sido fusilado por los rojos; al que veía encabezando la lista, junto a la cruz de los caídos por Dios y por España; en cuyo recuerdo se cantaba el Cara al Sol con los brazos en alto y extendidos; del que, al final, se gritaba ¡Presente!
Un personaje que ponía un nudo de emoción en la garganta de aquellas juventudes con la camisa de color azul mahón, neto y proletario. Palabras suyas con que definió tan emblemática camisa como única prenda que habría de distinguir aquel movimiento revolucionario, con el trabajo como fuente primera de producción, movimiento esperanzador para una España chata, rota, derrotada, crispada, inculta…injusta hasta la desesperación de las masas españolas hambrientas.

Es en esta España harapienta y enfrentada en la que aparece la figura de un político distinto, que, por sus orígenes, podría parecer todo menos el justiciero de los pobres, de los obreros, de los campesinos, de los analfabetos y de los muertos de hambre. Pues lo fue, sí, o quiso serlo y no lo dejaron por la incomprensión de un lado y la saña del otro.
Aquellas izquierdas de entonces, la mayoría de cuyos líderes envenenaban con su rabiosa y resabiada demagogia las mentes y las almas de los explotados. Derechas de entonces a cuyas élites les sobraba hipocresía religiosa, altanería de clase, orgulloso desprecio de los humildes e injusticia hasta desembocar en una sociedad dividida por el odio cainita; derechas que, sin embargo, no se olvidaban de ventear la bandera de España desde la cumbre de sus cicateros y exclusivos intereses. En réplica, los de enfrente, las izquierdas tremolaban banderas extrañas como la de la hoz y el martillo, enseña del comunismo, una de las mayores estafas intelectuales, políticas y sociales de la Historia de la Humanidad.

Y en este contexto histórico nace a la política José Antonio. Que sí, que nace en el fascismo pero que como un meteoro intelectual se aleja a la búsqueda de una vida digna, apacible, y democrática, son palabras suyas, para el pueblo español.
Su pensamiento avanza hacia una democracia para el hombre que no para el partido. Una democracia auténtica, directa; en la que sea cual sea la condición o clase del individuo, éste desarrolle la plenitud de sus valores hasta alcanzar el puesto que le corresponde en la sociedad, la misma Jefatura del Estado, aunque sea el hijo del más humilde trabajador. Una sociedad en la que la única aristocracia que exista sea la del trabajo.

Pero además José Antonio fue todo un estilo. Un arquetipo lo ha llamado el catedrático emérito Enrique de Aguinaga. José Antonio dejó rubricada con su sangre una manera de ser y estar ante la vida; un estilo ético de tal magnitud que la Historia tendrá que reconocerlo, ya empieza a hacerlo, como una de las figuras de ese puñado exquisito y reducido de hombres y mujeres excelsos. Para conocerlo a fondo, descontado mi apasionamiento, hay que leerlo hasta entrar en el tuétano de sus palabras en las que está impresionada a fuego su alma grandiosa. Para saber de José Antonio hay que empezar a leerlo por su testamento.

De la sorpresa por su descubrimiento, al leer sus escritos, como un tipo excepcional, hablan decenas de intelectuales, políticos, artistas, de derechas o izquierdas, españoles o extranjeros.
Desde el cantante “Loquillo” hasta Miguel de Unamuno pasando por Salvador de Madariaga, Rosa Chacel, etc., etc. Sorpresa en la sala y el tribunal que lo juzgó y condenó a muerte, como refleja él mismo en su testamento: “Ayer, por última vez expliqué ante el Tribunal que me juzgaba lo que es la Falange. Como en tantas ocasiones repasé y aduje los viejos textos de nuestra doctrina familiar. Una vez más observé que muchísimas caras, al principio hostiles, se iluminaban primero con el asombro y luego con la simpatía. En sus rasgos me parecía leer esta frase: ¡Si hubiéramos sabido que era esto, no estaríamos aquí! Y ciertamente no hubiéramos estado allí: ni yo ante el Tribunal Popular ni otros matándose por los campos de España”

Ni siquiera muchos de sus sedicentes seguidores lo han leído; lo peor que le puede pasar a un creador y su doctrina. Por desgracia tengo pruebas. Así salieron también las cosas.

Un personaje, en fin, que lo tenía todo: porte físico, valentía sin fanfarronada, abogado de talla. Conozco casi directamente lo que dijo de él Sánchez Román, catedrático, republicano, de izquierdas y uno de los padres de la Constitución de la República: “Estamos ante un de los mejores abogados de España”. Tendría José Antonio entonces unos veintiocho años.
Cuando Miguel de Unamuno se enteró de su muerte vino a decir que habían matado a uno de los cerebros privilegiados de Europa. Encima era marqués de Estella y Grande de España. Podría haber llegado en cualquiera de aquellos partidos de la República a líder o ser el Presidente del Gobierno o Jefe del Estado. Pero no, no comulgaba con tanta trampa, tanta mentira, tanta vileza, tanta traición, todo disfrazado de democracia, contra su propia Patria a la que tanto amaba a pesar de no gustarle.

Por una España más justa, más digna, más libre, más grande, como antigua descubridora y civilizadora de pueblos, murió en plena juventud y en un paredón, como sólo mueren los héroes. En ese testamento figuran estas palabras: “Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles”.
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1 comentario:

soldado_vikingo dijo...

Jose Antonio fue un GRANDE, y por desgracia, no se le tiene como tal. Ojalá llegue pronto el dia en que se descubra a España que su doctrina es la unica que puede salvarnos.