ARTÍCULO. La aventura de la historia nº 133
En una de las manifestaciones de duelo más multitudinarias del siglo, el féretro con el cadáver del fundador de la Falange fue trasladado a pie por sus seguidores desde Alicante hasta El Escorial. Aunque a Franco no le gustaba José Antonio, utilizó la ceremonia como fuente de legitimidad del nuevo orden tras la guerra.
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Hogueras alimentadas por pinos resinosos arden en los montes de Santa Bárbara y San Fernando la noche del 19 de noviembre de 1939. Un paisaje severo, casi fantasmagórico, envuelve a miles de falangistas que tratan de conciliar el sueño en una noche fría. Han llegado a Alicante en trenes especiales, autocares y camiones procedentes de toda la provincia y de otros puntos de España. Durante todo el día, desfiles marciales al son de tambores han recorrido las calles, repletas de banderas y estandartes con crespones; a primera hora de la tarde, los restos de José Antonio Primo de Rivera han sido exhumados en presencia de su hermano Miguel; falangistas de dos centurias de Alicante y Madrid han llevado el féretro en hombros hasta la Colegiata de San Nicolás. El ministro de Gobernación, Ramón Serrano Súñer, y miembros del Gobierno, de la Junta Política, del Consejo Nacional y autoridades locales se turnan en guardias de vela durante toda la noche. En la ciudad, último bastión republicano apenas meses antes, se respira una atmósfera que combina duelo y orgullo patriótico: se cumplen tres años del fusilamiento del fundador de la Falange, cuyos restos van a ser trasladados a pie hasta El Escorial.
Al día siguiente, se oficia una misa de réquiem al amanecer y el féretro es sacado a hombros. Fernando Olmeda describe con detalle el traslado del ataúd por toda la península en aquellos nueve días de noviembre de 1939, que Franco supo instrumentalizar a su favor. La obsesión por convertir en presentes a los ausentes será un elemento sobresaliente en el adoctrinamiento del recién nacido régimen totalitario.
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